

En una remota región del este de la Antártida, un grupo internacional de investigadores ha desenterrado un paisaje prístino, completo con valles, colinas suaves y redes fluviales antiguas, que ha permanecido oculto bajo más de dos kilómetros de hielo durante al menos 34 millones de años. Este hallazgo, que parece sacado de una novela de ciencia ficción, se logró combinando datos satelitales y tecnología de radar de penetración en hielo para mapear el terreno subglacial de la capa de hielo de la Antártida Oriental.
La singularidad de este descubrimiento no radica solo en la existencia de tal terreno, sino en su estado de conservación casi perfecto. El estudio, publicado en Nature Communications, revela una vasta superficie de aproximadamente 32.000 kilómetros cuadrados, comparable al tamaño de Gales, que ha sido protegida por el hielo. Este paisaje alguna vez estuvo surcado por ríos que esculpieron valles intrincados, antes de que el continente se enfriara y se cubriera permanentemente de hielo durante una importante transición climática hace unos 34 millones de años.
Este "mundo perdido" representa una instantánea de la Tierra justo antes de que pasara de un clima de efecto invernadero a uno dominado por grandes casquetes polares. Esta transición marcó el nacimiento de la vasta capa de hielo de la Antártida Oriental, que hoy desempeña un papel fundamental en la regulación del sistema climático global.
Los científicos no han perforado directamente este paisaje. En cambio, utilizaron imágenes satelitales de alta precisión y radar aerotransportado para detectar pequeñas ondulaciones en la superficie del hielo que revelan la topografía subyacente. Estas señales indican la presencia de tres bloques elevados separados por grandes depresiones, atravesados por una red de valles ramificados que se asemejan a los sistemas fluviales de regiones templadas. La lentitud del movimiento del hielo en esta área y su naturaleza "fría en la base" han contribuido a preservar el terreno sin apenas erosión, actuando como una cápsula del tiempo.
A este rompecabezas se añade otra pieza crucial. En 2024, un estudio distinto analizó sedimentos recuperados de una perforación en la costa de la Antártida Occidental. Estos sedimentos contenían polen y microfósiles que sugerían la existencia de bosques templados, similares a los de la Patagonia actual, datados también en unos 34 millones de años. Ese trabajo, publicado en Science, concluyó que la glaciación permanente comenzó primero en la Antártida Oriental, mientras que la parte occidental permaneció boscosa y con un clima más suave durante varios millones de años antes de que el enfriamiento global provocara el avance del hielo también sobre esta región.
Al integrar ambas líneas de evidencia, emerge una imagen clara: hace 34 millones de años, la Antártida era un lugar muy diferente al desierto helado actual. Albergaba ríos que fluían por llanuras y valles ahora sepultados en el este, y bosques templados en áreas que hoy alimentan algunos de los glaciares más inestables del planeta.
Este descubrimiento, aunque no implica una desaparición inminente del hielo antártico, resalta la delicada relación del clima con el dióxido de carbono atmosférico. La capa de hielo oriental se formó cuando los niveles de CO₂ cayeron por debajo de un umbral crítico, modificando la circulación oceánica. Este proceso demuestra que el sistema climático puede reorganizarse con relativa rapidez en escalas de tiempo geológicas cuando los gases de efecto invernadero y las corrientes marinas sufren alteraciones significativas. En la actualidad, las concentraciones de CO₂ están aumentando a un ritmo mucho más acelerado, y el océano alrededor de la Antártida se está calentando, especialmente en el mar de Amundsen, lo que podría acelerar el deshielo y contribuir al aumento del nivel del mar.
Para las comunidades costeras, estos estudios trascienden la mera curiosidad científica, convirtiéndose en una advertencia sobre la vulnerabilidad de las costas. La lección de este paisaje fosilizado es directa: la criosfera reacciona a cambios relativamente pequeños en CO₂ y temperatura con consecuencias que, una vez iniciadas, pueden extenderse por siglos y alterar radicalmente las líneas de costa.
El próximo avance lógico será alcanzar físicamente este paisaje subglacial. Proyectos como Beyond EPICA ya extraen núcleos de hielo de millones de años, y la perforación de lagos subglaciales ha demostrado ser factible. Aplicar tecnologías similares a este "mundo perdido" permitiría recuperar suelos, restos orgánicos e incluso ADN antiguo, lo que refinaría la comprensión de aquel ecosistema prehistórico. Si bien esto no detendrá el deshielo ni reducirá las emisiones de CO₂, ofrecerá una visión crucial de cómo reacciona el sistema climático al superar ciertos umbrales, información invaluable en el actual debate sobre la descarbonización y sus implicaciones.
