

Jordania, una nación que enfrenta severos desafíos hídricos debido a su extrema aridez, ha puesto en marcha un ambicioso proyecto de infraestructura valorado en 6.000 millones de dólares. Esta iniciativa busca transformar radicalmente el panorama de la disponibilidad de agua en el país, garantizando el acceso a agua potable para una vasta población.
El plan central de este megaproyecto se enfoca en la construcción de una planta de desalinización de vanguardia en la ciudad de Aqaba. Esta instalación empleará tecnología de ósmosis inversa para purificar el agua del Golfo de Aqaba. La capacidad de producción de la planta será impresionante, alcanzando los 851.000 metros cúbicos diarios. Una vez desalinizada, el agua será transportada a través de un acueducto subterráneo de aproximadamente 450 kilómetros, que cruzará el desierto para llegar a la capital, Amán, y otras regiones. La meta es proveer 300 millones de metros cúbicos de agua potable al año, lo que cubriría cerca del 40% de las necesidades hídricas nacionales para el año 2030.
La urgencia de esta obra se subraya por las estadísticas actuales: Jordania cuenta con menos de 100 metros cúbicos de agua dulce por habitante al año, y muchos hogares solo tienen acceso al suministro de agua durante unas pocas horas a la semana, según datos de SUEZ y el Fondo Verde para el Clima. Esta situación ha generado una dependencia constante de los suministros externos y ha afectado la calidad de vida de sus ciudadanos. El proyecto se gestiona bajo un modelo de concesión público-privada con una duración de 30 años, lo que permitirá una operación y mantenimiento sostenidos. El desafío logístico de transportar grandes volúmenes de agua a través del desierto y superar importantes desniveles topográficos es considerable.
La sostenibilidad ambiental es un pilar fundamental del proyecto. Aunque la desalinización es un proceso intensivo en energía, se ha planificado la integración de una planta solar de 281 MWp, que generará entre el 27% y el 28% de la energía requerida. Esta medida no solo reducirá la huella de carbono de la operación, sino que también evitará la emisión de 6.74 millones de toneladas de CO2 durante los primeros 26 años. Sin embargo, los promotores reconocen los riesgos ambientales, especialmente en el Golfo de Aqaba, un ecosistema sensible con arrecifes de coral y praderas marinas. Para mitigar el impacto, se implementarán estrategias como la neutralización de biocidas, el uso de difusores para la salmuera y un monitoreo continuo de los vertidos, además de programas de compensación que incluyen el trasplante de coral y la restauración de hábitats.
El Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo (EBRD) y el Fondo Verde para el Clima (GCF) ya han aprobado financiamiento, con el EBRD sumándose en febrero de 2026 y el GCF aportando un paquete de 295 millones de dólares en octubre de 2025. Las obras a gran escala se espera que comiencen en el segundo trimestre de 2026, con una duración estimada de cuatro años. La finalización exitosa de este proyecto no solo proporcionará una fuente de agua estable, sino que también aliviará la presión sobre los acuíferos subterráneos del país, siempre y cuando se complemente con mejoras en la eficiencia del uso del agua y un sistema de tarifas que garantice la accesibilidad para todos.
