

Un reciente estudio internacional ha revelado el impacto significativo de los castores en la transformación de los ecosistemas fluviales, convirtiéndolos en importantes depósitos de carbono. Lo que hasta ahora se consideraba una simple alteración del entorno acuático, se confirma como un fenómeno con un impacto climático medible y sostenido en el tiempo.
La investigación, liderada por Lukas Hallberg de la Universidad de Birmingham y con la colaboración del CREAF, ha demostrado que las áreas fluviales donde habitan castores acumulan un 26% más de carbono al año. Este estudio, publicado en Communications Earth & Environment en 2026, se centró en un tramo de 800 metros de la cuenca del Rin en Suiza, donde estos animales han estado activos desde 2010.
El estudio detalla cómo el mecanismo de las presas de castor contribuye a este almacenamiento de carbono. Al construir estas estructuras con ramas, arbustos y barro, los castores ralentizan el flujo del agua. Esta disminución de la velocidad facilita la acumulación de sedimentos y materia orgánica, como hojas, restos vegetales y madera muerta, que de otro modo serían arrastrados río abajo. Este material orgánico se integra en el lecho del río, donde el carbono puede permanecer almacenado hasta por treinta años, creando un sumidero natural activo.
Joshua Larsen, también de la Universidad de Birmingham, explica que al "ralentizar el agua y expandir los humedales, los arroyos se convierten en poderosos sumideros de carbono". Además del secuestro de carbono, la actividad de los castores impacta positivamente en el ciclo del agua. Las presas aumentan la infiltración en el subsuelo, recargando los acuíferos. Josep Barba del CREAF señala que, aunque puede haber menos agua visible en la superficie en ciertos momentos, se genera una mayor reserva subterránea a medio y largo plazo, lo cual es crucial en contextos de sequía.
El castor europeo (Castor fiber), que estuvo a punto de desaparecer en el siglo XIX, ha experimentado un resurgimiento. En España, su presencia se remonta a una liberación ilegal en Navarra en 2003 y desde entonces se ha extendido por cuencas como el Ebro, Tajo y Guadalquivir, estando protegido desde 2020. Aunque su expansión ha generado cierta controversia con el sector agrario debido a la alteración de riberas, los estudios indican que su actividad se limita principalmente a los primeros 20 metros del río y se alimenta de vegetación de pequeño diámetro, actuando en afluentes menores. Es importante diferenciarlo del castor americano (Castor canadensis), que ha causado mayores impactos en otros ecosistemas.
Este fenómeno natural subraya que las soluciones basadas en la naturaleza para combatir el cambio climático no son solo conceptos teóricos, sino realidades que ya están operando activamente. Los castores están remodelando activamente los cursos de agua, incrementando su capacidad de retención de carbono y mejorando la gestión hídrica sin necesidad de intervención humana directa. Este descubrimiento resalta el potencial inherente de las especies nativas para contribuir significativamente a la salud ambiental global.
