

La anguila europea, un exquisito manjar tradicional, se encuentra al borde de la extinción. Esta situación ha generado una profunda preocupación en el ámbito de la zoología española y europea, y ha llevado a chefs influyentes y organizaciones no gubernamentales a hacer un llamado urgente para detener su consumo y frenar la pesca descontrolada, que alimenta el crimen organizado de fauna más grande del continente.
Un Manjar al Borde del Abismo: La Crisis de la Anguila Europea
En un movimiento sin precedentes, la reconocida organización Ethic Ocean, en colaboración con el célebre chef francés Olivier Roellinger, ha lanzado la campaña internacional “Anguille, non merci” (Anguila, no gracias). El objetivo es claro y contundente: instar a los restaurantes a retirar la anguila europea de sus propuestas culinarias hasta que la especie logre una recuperación significativa. Este valiente llamado ha resonado en toda Europa, con miles de cocineros y asociaciones gastronómicas en países como Francia y España, incluyendo figuras de la talla de Thierry Marx, Mauro Colagreco, Andoni Luis Aduriz y Joan Roca, sumándose a la iniciativa. Paralelamente, organismos como la Unión Europea y sus aliados internacionales han reconocido que el comercio ilícito de anguila europea se ha convertido en la actividad criminal de fauna más lucrativa del continente, generando miles de millones de euros anualmente.
La anguila europea es un pez fascinante con un ciclo de vida que roza la ficción, naciendo en el misterioso Mar de los Sargazos y viajando miles de kilómetros hasta los ríos y humedales europeos, para luego regresar al océano y reproducirse. Sin embargo, este milenario viaje se ve ahora gravemente comprometido. Los datos científicos son alarmantes: la población de anguila ha experimentado una drástica disminución de aproximadamente el 90 por ciento desde la década de los ochenta. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) la ha clasificado como “en peligro crítico de extinción”, y sus parientes, las anguilas japonesa y americana, también figuran en la lista de especies amenazadas. El problema va más allá de la sobrepesca; una compleja red de factores como la pérdida de hábitats, la contaminación fluvial, las presas que obstaculizan sus migraciones, el cambio climático y un comercio ilegal implacable, han acorralado a la especie.
En este contexto de emergencia, la campaña “Anguille, non merci” representa un punto de inflexión. Como lo expresó Roellinger, “¿Pondríamos pandas en nuestros menús? Pues la anguila europea está incluso en peor situación que el panda”. La decisión de chefs con estrellas Michelin y grupos de restauración de abstenerse de ofrecer anguila en cualquier presentación, incluidas las populares angulas, es especialmente significativa en España, donde este producto de lujo es un emblema de celebraciones navideñas. La filosofía detrás de esta acción es simple pero poderosa: si las políticas gubernamentales no avanzan con la celeridad necesaria, el sector gastronómico puede liderar el cambio, enviando un mensaje contundente a toda la cadena alimentaria. Así, el prestigio de la alta cocina se convierte en un valioso instrumento para la conservación de la biodiversidad.
A pesar de que la exportación de anguila europea fuera de la Unión Europea está prohibida desde 2009, la pesca y el comercio dentro del continente aún están permitidos, sujetos a planes de gestión nacionales. La normativa europea establece como meta que al menos el 40 por ciento de las anguilas plateadas adultas logren llegar al mar para reproducirse. Sin embargo, los propios informes de la Comisión Europea señalan retrasos y resultados dispares entre los países miembros. Mientras tanto, el mercado negro prospera. Europol estima que cada año se trafican hasta 100 toneladas de angulas hacia Asia, donde se crían en piscifactorías y se comercializan a precios que superan los cinco mil euros por kilo. Este negocio ilícito genera entre 2.500 y 3.000 millones de euros en los años de mayor demanda, convirtiendo a la anguila en un epicentro para redes criminales transnacionales. Los operativos policiales han revelado impactantes escenas de maletas repletas de angulas anestesiadas con hielo en aeropuertos europeos y complejos envíos que atraviesan países como Marruecos o Senegal antes de llegar a granjas en China o Japón. A pesar de que en las cartas de algunos restaurantes el filete de anguila pueda parecer un producto inofensivo, detrás se esconde una cadena de suministro opaca, donde la trazabilidad suele brillar por su ausencia.
La respuesta institucional avanza, aunque a un ritmo que muchos científicos consideran insuficiente. Francia, uno de los principales países pesqueros de angulas, ha optado por mantener las cuotas hasta al menos 2027. España, en contraste, ha propuesto la prohibición total de la pesca, enfrentándose a la resistencia de algunas comunidades que prefieren enfocarse en la restauración de ríos y la lucha contra la pesca furtiva. En el ámbito internacional, la convención CITES ya ha incluido a la anguila europea en sus anexos, exigiendo informes sobre el estado de la especie y su comercio. Durante la COP20 en Samarcanda, la Comisión Europea y Panamá propusieron extender la protección a todas las especies de anguila, aunque esta iniciativa no prosperó. No obstante, se aprobó una resolución que insta a mejorar la trazabilidad, fortalecer la aplicación de la ley y llenar las lagunas de conocimiento. Como recientemente declaró la comisaria de Medio Ambiente, Jessika Roswall, “la disminución global de las especies de anguila está bien documentada científicamente y hace falta una acción internacional urgente y coordinada”.
La crisis de la anguila europea nos interpela a todos, desde los grandes decisores políticos hasta el consumidor que elige un plato en el restaurante. Al igual que muchos ya se preocupan por el origen de los huevos o si el pescado cuenta con una ecoetiqueta, la anguila se ha convertido en un indicador de nuestra coherencia entre el conocimiento y la acción. Hay dos pasos fundamentales que cualquier individuo puede dar: en primer lugar, abstenerse de consumir anguila europea y sus crías, incluso en ocasiones especiales; en segundo lugar, preguntar en los restaurantes y pescaderías por la especie y procedencia del producto. Esta presión ciudadana, sutil pero constante, ya ha impulsado a muchos chefs a modificar sus menús. Por parte del sector de la restauración, eliminar la anguila de la carta y explicar esta decisión a los clientes es una forma poderosa de apoyar la ciencia y anticiparse a futuras prohibiciones. La buena noticia es que la rica y diversa cocina europea posee innumerables productos y técnicas para deleitar los paladares sin comprometer la supervivencia de una especie tan vulnerable.
La grave situación de la anguila europea es un recordatorio contundente de la profunda interconexión entre las actividades humanas y la salud de los ecosistemas. Este caso subraya la responsabilidad compartida que tenemos como consumidores y como sociedad para proteger la biodiversidad. El llamado de los chefs y las organizaciones ambientales no solo busca salvar a una especie, sino también inspirar una reflexión más amplia sobre nuestros hábitos de consumo y el impacto que estos tienen en el planeta. La renuncia a unos pocos platos hoy podría otorgar a la anguila el tiempo vital que necesita para completar su ciclo de vida y, quizás, permitir que algún día regrese a nuestras mesas, pero esta vez, desde poblaciones sanas y gestionadas de manera sostenible. Es una invitación a ser parte de la solución, a elegir la conservación sobre el consumo desmedido, y a reconocer que cada decisión, por pequeña que parezca, contribuye a moldear el futuro de la vida en la Tierra.
