

Es común en los hogares y parques reprender a los perros cuando ladran o gruñen, a menudo con un "¡no!" o un tirón de correa para silenciarlos. Sin embargo, los expertos en etología canina enfatizan que estas vocalizaciones no son necesariamente signos de mal comportamiento. Frecuentemente, son la manera en que los perros expresan ansiedad, la necesidad de espacio o la búsqueda de atención. Ignorar o castigar estas señales podría impedirnos detectar situaciones que, de otra forma, nos alertarían sobre un posible problema.
Ladrar y gruñir constituyen el idioma principal de los caninos, no una muestra de mala educación. Rosana Álvarez, veterinaria y etóloga, explica que estas son “herramientas de comunicación” que reflejan los estados internos del animal. El ladrido, además, es una conducta que los perros adultos mantienen para interactuar con los humanos y generar cambios en su entorno. Un ladrido agudo y corto puede indicar deseo de juego, mientras que uno más grave suele alertar sobre algo que el perro considera relevante, como la llegada de alguien o un sonido inusual. El gruñido, por su parte, es una advertencia que el perro utiliza para evitar un conflicto mayor, siendo una “herramienta de paz” que previene la agresión directa. Castigar el gruñido no elimina la emoción subyacente, como el miedo o la incomodidad, sino que suprime la señal de advertencia, lo que puede resultar en una escalada del comportamiento sin previo aviso. Investigaciones han demostrado que técnicas de confrontación pueden inducir respuestas agresivas en los perros, lo que subraya la importancia de evitar el castigo.
La clave es observar el contexto completo del comportamiento del perro. Un gruñido en el juego puede no ser una amenaza si el cuerpo del perro está relajado, mientras que en un contexto de miedo o defensa, se observarán señales como rigidez corporal, pupilas dilatadas y cola tensa. En lugar de reprender al perro, es más efectivo intervenir suavemente para desescalar la situación, aumentando la distancia del estímulo y manteniendo la calma. Es importante recordar que regañar al perro puede aumentar su sensación de amenaza y empeorar el problema, y que la educación basada en castigos puede generar estrés y problemas de conducta a largo plazo, sin ser más eficaz que el refuerzo positivo. Si los ladridos o gruñidos se vuelven persistentes o desproporcionados, es recomendable buscar la ayuda de un profesional del comportamiento canino para descartar problemas médicos y asegurar el bienestar del animal y su entorno.
Comprender y respetar las formas de comunicación de nuestros compañeros caninos es fundamental para su bienestar y para construir una relación basada en la confianza y el respeto mutuo. Ignorar estas señales puede llevar a malentendidos y a un deterioro de su salud emocional. Adoptar un enfoque de empatía y observación nos permitirá responder de manera adecuada a sus necesidades, promoviendo un ambiente armonioso y seguro para todos.
