

La Luna, a pesar de su apariencia desolada y carente de aire, podría ver su ambiente transformado por la próxima oleada de exploraciones, como las misiones Artemis. Investigadores de la NASA han emitido una advertencia, señalando que las actividades humanas, desde el lanzamiento de cohetes y el despliegue de rovers hasta el simple acto de los astronautas abriendo sus esclusas de aire, tienen el potencial de generar atmósferas efímeras alrededor de las futuras instalaciones lunares. Este fenómeno podría modificar un ecosistema que, hasta ahora, se ha mantenido en gran medida inalterado.
Actualmente, la Luna posee una “atmósfera fantasma” conocida como exosfera, una capa extremadamente tenue compuesta por aproximadamente cien moléculas por centímetro cúbico en la superficie. Esta se forma principalmente por el impacto de micrometeoritos que elevan átomos al espacio y por la influencia del viento solar. Esta exosfera es un valioso repositorio de información sobre la evolución del sistema solar, la actividad solar y el origen del agua en la Tierra. Sin embargo, la inminente intensificación de la actividad humana en la Luna amenaza con perturbar este archivo cósmico antes de que podamos descifrar completamente sus secretos.
El equipo de la científica planetaria Rosemary Killen ha modelado el impacto de las futuras misiones, concluyendo que el aterrizaje de naves espaciales de gran tamaño, como la Starship, o la extracción de hielo, podrían aumentar drásticamente la densidad de la exosfera en las áreas cercanas a las operaciones. Se estima que las concentraciones de átomos podrían multiplicarse por 100.000, elevándose en columnas de hasta 80 kilómetros de altura. Otro estudio revela que el vapor de agua liberado por mochilas, esclusas y módulos de aterrizaje podría superar en más de un millón de veces la concentración natural de la exosfera. Esta situación implicaría que el entorno cercano a las bases lunares estaría dominado por procesos antropogénicos en lugar de naturales.
Una de las principales preocupaciones es la acumulación de agua de origen humano. El vapor liberado por los sistemas de refrigeración, las esclusas y los cohetes podría migrar hacia los polos lunares y depositarse como escarcha en los cráteres permanentemente sombreados, donde actualmente se conservan hielos que datan de miles de millones de años. Los modelos sugieren que un número reducido de misiones podría añadir decenas de toneladas de agua a estas regiones, una cantidad comparable a la ya existente. Para la comunidad científica, esto representa un obstáculo significativo, ya que la mezcla de agua “humana” con el hielo nativo dificultaría la comprensión del origen del agua lunar y su relación con la formación de nuestro planeta.
Además del vapor, cada aterrizaje de gran potencia actuará como un chorro de arena sobre el paisaje lunar, erosionando el regolito y creando nubes de polvo cargado eléctricamente. Este “plasma polvoriento” no solo es una curiosidad, sino que también puede ser tóxico para los humanos si es inhalado, y representa un riesgo para la electrónica y los paneles solares. Los autores del estudio incluso sugieren que la Luna está al borde de su propio Antropoceno lunar, un período definido por una huella química humana detectable. Si introducimos nuestras propias moléculas orgánicas, bacterias y residuos industriales, la distinción entre lo nativo y lo añadido se volverá prácticamente imposible. La Luna podría albergar remanentes de moléculas orgánicas que llegaron en meteoritos y cometas, ofreciendo pistas sobre el origen de la vida en la Tierra. Contaminar este archivo sería una pérdida irreparable.
La propuesta de estos investigadores no es detener la exploración, sino abordarla con una “ciencia primero”, especialmente en regiones sensibles como los polos y la cara oculta. Argumentan a favor de evaluaciones de impacto ambiental rigurosas antes de cualquier actividad minera, el establecimiento de bases permanentes o un tráfico intenso de naves. Incluso proponen la limitación temporal de actividades en ciertas áreas, como el polo norte, hasta que se comprendan mejor los efectos de la presencia humana. Es imperativo que los acuerdos internacionales aborden los vacíos legales sobre la regulación de la actividad lunar. La gran pregunta es si la humanidad actuará con la previsión necesaria para preservar la historia que la Luna ha guardado durante miles de millones de años. La manera en que dejemos nuestra próxima huella en el regolito lunar determinará si borramos o no una parte irremplazable de la historia cósmica.
