

La aparición de los peces con mandíbula está intrínsecamente ligada a uno de los episodios más trascendentales en la cronología terrestre. Una investigación contemporánea ha desvelado que estos vertebrados emergieron hace aproximadamente 445 millones de años, coincidiendo con una aniquilación biológica de gran escala que erradicó cerca del 85% de las formas de vida oceánicas. Lejos de suponer un freno, este colapso ecológico propició una explosión evolutiva que reconfiguró de forma permanente los entornos acuáticos.
Antes de este evento crítico, los vertebrados marinos se componían principalmente de peces sin mandíbula, como los agnatos, cuya alimentación se basaba en la filtración o succión y cuya capacidad de desplazamiento era limitada. La drástica reducción de competidores y predadores que siguió a la extinción masiva habilitó una acelerada ramificación evolutiva. En este período, surgieron innovaciones anatómicas fundamentales, destacando la mandíbula, que se desarrolló a partir de arcos branquiales preexistentes. Esta estructura revolucionó por completo los métodos de alimentación, permitiendo a estos seres capturar, desgarrar y consumir presas de mayor tamaño.
Las extinciones masivas han jugado un rol determinante en la configuración de la diversidad biológica de nuestro planeta. El análisis de nuevos hallazgos fósiles ha confirmado que los peces dotados de mandíbula surgieron hace 445 millones de años, un lapso temporal marcado por una glaciación que provocó la desaparición del 85% de las especies marinas. Esta revelación, difundida en la prestigiosa revista Science Advances, ilustra cómo de este 'caos biológico', conocido como la extinción del Ordovícico tardío, brotó una exuberancia sin precedentes de vida vertebrada.
El período Ordovícico, que transcurrió entre hace 486 y 443 millones de años, se caracterizó por un planeta de fisonomía muy distinta a la actual. Gondwana, un supercontinente que englobaba lo que hoy son Sudamérica, África, Australia, la Antártida, la India y Madagascar, dominaba la masa terrestre, rodeado por mares someros. En aquel entonces, los polos carecían de hielo y las aguas eran templadas. Sin embargo, sobrevino un período en el que los mares disminuyeron su volumen drásticamente, cediendo paso a vastos glaciares. Fue en este escenario de profundas transformaciones donde un conjunto específico de peces alcanzó la supremacía, dando origen a los vertebrados con mandíbulas que conocemos hoy.
Según la investigadora Lauren Sallan, del Instituto de Ciencia y Tecnología de Okinawa, Japón, su equipo ha demostrado la ascendencia de los peces con mandíbulas durante este acontecimiento. Sallan añade que, aunque se desconocen las causas exactas de la extinción masiva, el registro fósil ofrece una clara evidencia de un antes y un después del evento. Este proceso de extinción se desplegó en dos fases: inicialmente, el clima global pasó con rapidez de un estado de efecto invernadero a una era glacial, cubriendo gran parte de Gondwana con glaciares y desecando los hábitats marinos superficiales. Millones de años después, justo cuando la biodiversidad comenzaba a recuperarse, el clima experimentó otro cambio, provocando el deshielo de los casquetes polares y la devastación de la vida marina adaptada al frío, a causa de aguas cálidas, sulfúricas y carentes de oxígeno.
Durante y después de estas oleadas de aniquilación, muchos vertebrados encontraron refugio en enclaves aislados, lo que les confirió una ventaja crucial. Este fue el caso de los gnatóstomos, vertebrados definidos por la posesión de mandíbulas articuladas. El investigador Wahei Hagiwara, del mismo instituto, explica que su equipo ha compilado datos fósiles que abarcan 200 años de paleontología del Ordovícico tardío y Silúrico temprano, creando una base de datos que ha posibilitado la reconstrucción de los ecosistemas de estos refugios. Los investigadores observaron que, al quedar confinados en zonas geográficas restringidas con numerosos nichos ecológicos desocupados por la desaparición de vertebrados sin mandíbulas y otras especies, los gnatóstomos pudieron colonizar rápidamente una diversidad de ecosistemas.
Este fenómeno recuerda la situación de los pinzones de Darwin en las Galápagos, quienes aprovecharon las nuevas oportunidades para diversificar su alimentación y sobrevivir, evolucionando sus picos para adaptarse mejor a los entornos que ocupaban. Mientras los peces con mandíbulas se confinaron en la región del sur de China, sus congéneres sin mandíbulas continuaron su trayectoria evolutiva en otras geografías, dominando los océanos durante los siguientes 40 millones de años. Los gnatóstomos se diversificaron en una miríada de formas de peces de arrecife, algunos de los cuales desarrollaron estructuras bucales diversas. Sin embargo, persiste el enigma de por qué los peces con mandíbulas, entre todos los supervivientes, lograron la dominación una vez que se expandieron desde sus refugios.
Los estudiosos han determinado que, en lugar de borrar el pasado, la gran extinción masiva funcionó como una suerte de reinicio ecológico. Los vertebrados primigenios ocuparon los espacios vacantes que dejaron los conodontos y los artrópodos, recreando una estructura ecológica similar, pero con una nueva composición de especies. Esta dinámica se replicó a lo largo del Paleozoico tras episodios de extinción desencadenados por condiciones ambientales análogas, configurando lo que los autores de la investigación denominan un «ciclo recurrente de reactivación de la diversidad».
Así, una extinción masiva que inicialmente representó una devastación y una merma en la biodiversidad, acabó por ser el motor de una de las innovaciones evolutivas más significativas en la historia del planeta: la emergencia de los peces con mandíbula, marcando el inicio de una nueva etapa en la evolución de los vertebrados.
